Esos periodos de adolescencia tardía, con sus episodios de rebeldía, incredulidad y pedantería, a veces dejaban cosas como esta:
Creía que era solo un libro
el aposento de sílabas y
palabras
pulpa impregnada de negro
pasillos verticales de nada.
Allí escribía citas
frases, palabras sueltas
conjuraba los malos hábitos
y requemaba las pestañas
cada noche.
Buscaba siempre el arte aleatorio
los perfiles de una boca
la mirada colectiva
una mano que rozara el
tintero
no siempre con buenas
intenciones.
Retrataba paredes
algunos mosaicos suspendidos
del techo
sueños que llevaba a mis
espaldas
quemando mi piel por
completo.
En cada amanecer
desayunaba versos de Borges
y cuando por las tardes
volvía la lluvia
me alimentaba de Hesse.
La clandestinidad de mis
letras
y la oscura costumbre de
escribir
me hicieron creer que
rezaba.
Idolatré al tintero
y consagré los santos de
otros libros
erigí templos de papel
y consumé sacrificios a la
noche.
Lo primero que hice
Fue escoger a mis
sacerdotes:
egipcios con rostros
jeroglíficos,
algunos griegos;
chinos y orientales al
llegar la media noche.
Ya las madrugadas dejaron de
ser mis horas de trabajo
convirtiéndose en conjunción
de ceremonias,
fuí rebautizado en las
quimeras de lo antiguo
y juré sobre las piedras de
la muerte.
Así,
amparado a un paganismo
ilustrado
algún tiempo más tarde,
fallecí.
Hoy me encuentro ahogado en
letras
inmovilizado y convicto.
El libro me sirve de tumba
mientras devuelvo las citas
a los libros
las frases al olvido y as
sílabas al mundo,
pero las letras...
¡Ah las letras!
Ellas juraron quedarse
conmigo.
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