viernes, 13 de marzo de 2015

El Silabario

Esos periodos de adolescencia tardía, con sus episodios de rebeldía, incredulidad y pedantería, a veces dejaban cosas como esta:




Creía que era solo un libro
el aposento de sílabas y palabras
pulpa impregnada de negro
pasillos verticales de nada.

Allí escribía citas
frases, palabras sueltas
conjuraba los malos hábitos
y requemaba las pestañas cada noche.

Buscaba siempre el arte aleatorio
los perfiles de una boca
la mirada colectiva
una mano que rozara el tintero
no siempre con buenas intenciones.

Retrataba paredes
algunos mosaicos suspendidos del techo
sueños que llevaba a mis espaldas
quemando mi piel por completo.

En cada amanecer
desayunaba versos de Borges
y cuando por las tardes volvía la lluvia
me alimentaba de Hesse.

La clandestinidad de mis letras
y la oscura costumbre de escribir
me hicieron creer que rezaba.

Idolatré al tintero
y consagré los santos de otros libros
erigí templos de papel
y consumé sacrificios a la noche.

Lo primero que hice
Fue escoger a mis sacerdotes:

egipcios con rostros jeroglíficos,
algunos griegos;
chinos y orientales al llegar la media noche.

Ya las madrugadas dejaron de ser mis horas de trabajo
convirtiéndose en conjunción de ceremonias,
fuí rebautizado en las quimeras de lo antiguo
y juré sobre las piedras de la muerte.

Así,
amparado a un paganismo ilustrado
algún tiempo más tarde, fallecí.

Hoy me encuentro ahogado en letras
inmovilizado y convicto.

El libro me sirve de tumba
mientras devuelvo las citas a los libros
las frases al olvido y as sílabas al mundo,
pero las letras...
¡Ah las letras!

Ellas juraron quedarse conmigo.

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