Nada
menos aconsejable que aquella tarde en conpañía de Don Agustín. Recuerdo (y
señalo no con cierta arrogancia, que mi memoria para tal caso resultara
intachable) cómo surgió detrás de mí mientras debatía fervorosamente con el
sueño en un cafetín de Barrio Otoya. Don Agustín me inquirió con la mirada para
suscitar en mí el favor de una moneda, o cuando menos un gesto, y a cambio a
tal desprendiemiento invitole yo a compartir en favor de su soledad y mi
aburrimiento.
-Cuánto
hace que esta por acá?
-Como
dos años
-Y
de dónde es usted?
-de
Puriscal...
-Ah!
que bien, mi madre es de por allá... ahí tengo familia, aunque voy muy poco,
por cierto, no se como se llama usted?
-Agustín.
-Gustavo,
mucho gusto.
Releida
a la luz de un día cualquiera, esta experiencia resultaría de lo menos
escalofriante. De hecho parecía sofocar mi impotencia moral el verle comer con
tanta gana lo ordenado para él.
Pero
ni la más turbia sospecha podría haberme preparado para para su gran secreto.
Su
disimulado interés en los detalles de mi vida, llevóme a sospechar en alguna
medida de su origen. No sabía del terremoto que dejaría inhabitable la antigua
iglesia de Puriscal, y desconocía completamente de la existencia del Pan
minuto, tampoco señalaba con certeza el lugar de su natalicio, y por tanto era
discutible cada palabra de aquel testimonio. Sin embargo, fue hasta el nombre
43 que aquella gris sospecha, palideció ante mi desconcierto.
-Kayla.
-Uhhy,
muy hermoso... ese no lo tenía.
Opté
por las letras mayúsculas para acentuar mi inquietud:
-¿AH?.
-¿Y
su abuelita?
-mmm... No
me acuerdo contesté algo perplejo
Y
viéndome a los ojos, pareció comprender el origen de mi sospecha.
-Gracias.
Pero me tengo que ir. Que Dios me lo bendiga.
Y
poniéndose de pie, volvió sobre los pasos que le trajeran a mí. Mi natural
inquietud sin embargo, me permitió observar que de un bolsillo de atrás
sobresalía lo que parecía... un nombre. Era en sigular y con un matiz digamos
rojo que podría confundirse con cualquier flor de Poró en el verano.
Atónito
observaba a mi interlocutor alejarse, sin embargo, en su retirada, su cuerpo
tropezó con cierto artilugio decorativo que agitara su bosillo. El nombre cayó.
-¿Fonseca?...
pero ese es el apellido de...
Caídos
como en aluvión, todos aquellos nombre llenaron el piso del cafetín. Negros,
rojos, lilas, verdes, pequeños y grandes, despedía olores tan particulares y
tenían tan varaidas formas. Ninguno de ellos se conformaban de letras o
símbolos, más bien parecían fechas, horas, minutos que saltaron de alguna
relojería y buscaron asilo en el cuerpo del anciano.
Todavía
incosciente, la policía lo levantó de la acera. Sangraba a borbotones pero no
importaba aún así se lo llevaron.
Al
guachimáns le dieron una medalla y una portada de la Teja por haberlo golpeado, y a mí, a mí remordimietno por haberlo denunciado....
Los
nombres que me quitó me fueron devueltos algún tiempo después, luego de que el
OIJ se cerciorara de que aquellos eran de mi pertenencia. De los otros no
recuerdo nada, ni siquiera se si existieron.
En cuanto al cafetín, todas las
tardes vuelvo, y a veces gentes como Don Agustín se acerca para pedirme una
moneda;
"para comprar lechita" dicen ellos.
Yo siempre los invito a sentarse, y
al conversar conmigo descubro en sus ojos una vertiginosa mirada.
-Esteban.
Y
con una mal disciplinada sonrisa, llenan cuanto pueden con lo que digo.
A
veces mis amigos me preguntan y la verdad si me remuerde la conciencia. Aún más
cuando leo en los diarios que aquellas gentes son detenidas:
"Nuevo
implicado en robo de nombres" titula La Extra...
Pero
al recordar la dichosa tarde en barrio Otoya, surgen anegadas las imágenes a mi
cabeza: Don Agustín acariciando mi nombre, conservado entre las medias rotas de
nylon chino.
Yo
solo recuerdo que ese día me robaron algo. Lástima que no recuerde el nombre.
12/10/2000