Caminas por un laberinto que parece no tener centro,
como en aquel cuento de Borges,
pero hecho de espejos tuyos.
Yo también fui ese minotauro asustado en su propia
oscuridad,
también sentí que el mundo era un cuarto que se encogía.
No sé qué te duele hoy, ni qué murmullo te roba el sueño,
pero conozco el peso de esa mochila, pues también yo fui
viajero.
Aquí estoy, en la orilla de tu tempestad.
No me voy a ir, no me voy a rendir.
Pero el amor no es alfombra para pisar
mi abrazo es incondicional,
el respeto hará lo demás.
Quizás atraviesas tu propia metamorfosis,
despertando en un cuerpo y una mente que aún no comprendes.
Quiero ser tu faro en la niebla, no tu camino.
Quiero ser tu puerto, no el misterio ni el adivino.
La confusión no es licencia para el desprecio,
y aunque mi paciencia es un océano,
cada mar tiene su playa y su confín.
Aquí estoy, en la orilla de tu tempestad.
No me voy a ir, no me voy a rendir.
Pero el amor no es alfombra para pisar
mi abrazo es incondicional,
el respeto hará lo demás.
Como decía Cortázar,
a veces hay que desarmar el reloj para entender el tiempo.
Desármalo, hijo, tómate el tuyo, rómpelo si hace falta.
Yo estaré aquí.
Y cuando salgas de tu bosque oscuro,
como Dante ante los infiernos,
verás que no te dejé solo,
te di una brújula, no una jaula.
Marcar un horizonte es mi deber
y cuando pase la tormenta entenderás,
que no es lo mismo aventurarse a la mar,
si nunca tuviste un alma en tierra firme
cuidándote de no naufragar.
Aquí estoy, en la orilla de tu tempestad.
No me voy a ir, no me voy a rendir.
Pero el amor no es alfombra para pisar
mi abrazo es incondicional,
el respeto hará lo demás.
No hay comentarios:
Publicar un comentario